el peligro de la seguridad estatal

La Peligrosa Tradición del la Seguridad Estatal.

El Estado no nos cuida. No cuidó a los judíos en Alemania en el ’38. No cuidó a los desaparecidos durante la dictadura en la Argentina del ’76. No cuidó a George Floyd en Minneapolis, ni a Luis Espinoza en Tucumán.

Fue Gustave de Molinari, en su escrito sobre la producción de la seguridad (1849) que comenzó a hablar sobre la necesidad de seguridad.

Supongamos, que un hombre se encuentra incesantemente amenazado en su persona y en sus medios de subsistencia. ¿No será su primera y más constante preocupación protegerse de los peligros que le rodean? De ahí también la fundación de organismos que tienen como objeto garantizar a cada cual la posesión pacífica de su persona y de sus bienes.

Estos organismos han recibido el nombre de Gobiernos. Tan general y urgente es la necesidad de seguridad que provee que, en todas partes, incluso entre las tribus menos ilustradas, uno encuentra un gobierno.

Molinari, sin embargo, advierte que la producción de la seguridad debe, por el interés de los consumidores de este bien inmaterial, permanecer sometido a la ley de la libre competencia. 

Dicho con otras palabras, ningún gobierno debe tener el derecho de impedir a otro gobierno entrar en competencia con él, u obligar a los consumidores de seguridad a dirigirse exclusivamente a él para obtener este servicio.

el peligro de la seguridad estatal

Un problema de incentivos.

Magistralmente, y hace mucho mas de un siglo, advierte los peligros que conlleva dejarle al estado el monopolio de la seguridad. El problema radica en los incentivos. Un policía estatal, no tiene ningún incentivo de desarrollar correctamente su trabajo, de atrapar delincuentes, proteger la vida y la propiedad privada, etc.

Todos los incentivos dentro del aparato estatal están vinculados con la representación de las políticas de turnos, es decir, representar al gobierno, no al ciudadano.

Una de las tantas paradojas que nos muestra el (mal) desempeño de la seguridad estatal es al observar a organismos gubernamentales, como municipios y afines, contratando seguridad privada para sus instalaciones. Este debería ser el primer disparador para despertar la curiosidad.

La libertad de armarse uno mismo, o elegir libremente a alguien que nos defienda, tiene que entenderse nuevamente como un derecho fundamental para no repetir nuevamente este círculo de autoritarismo despótico estatal.

No queremos más muertos a manos de la policía, ni a manos de los terroristas, ni de los políticos, ni de los delincuentes, entonces ¿Por qué no pensar en un sistema distinto?